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16 de noviembre de 2009

El vagón de tren

Aquella mañana decidí no pasar por casa. Para qué, si nadie me esperaba allí. Todo estaría igual que lo dejé ayer. Los platos de la comida, y de la cena. La cama, deshecha, ya que nunca me molesto en hacerla. Unos cuantos libros encima de mi escritorio. Me gusta mucho leer, y a ello dedico gran parte de mi tiempo. Me da igual la temática de lo que lea, el caso es leer: Fantasía, ensayos, novela, relato, poesía, manuales de todo tipo, etc. También suelo escribir, únicamente por pasar el rato, ya que casi todo lo que escribo acaba en la basura. Solamente guardo un par de historias cortas, y algunos apuntes sobre cosas curiosas que me han pasado.

Una de esas cosas que tengo apuntadas, es una fecha: el día en que conocí a Ma, la prostituta. No es que haya estado con muchas, pero sé de sobra que Ma es “la” prostituta. De su casa salí aquella mañana. Aquella mañana en la que decidí irme a pasear, y no volver a la soledad que supone mi casa.

Con Ma, todo era diferente a lo que había en mi casa. Su casa era alegría, uno entraba allí y todo problema que pudiera tener, se esfumaba. Vivos colores, vivos olores. Sensualidad por todos lados. Finalmente, uno posaba sus ojos en Ma.

La cara de Ma era perfecta, esplendorosamente hermosa, daba la impresión de ser una de las vírgenes que en la Antigüedad los grandes escultores cincelaron. Sus pechos son pequeños, muy bellos. Me gusta mucho observar su forma bajo su blusa, justo antes de que ella los descubra. Tiene el pelo ligeramente ondulado, pero sólo ligeramente. Alguna vez se lo alisa, pero es más guapa teniéndolo ondulado. Sus ojos, marrones, como los míos. Sus caderas no son nada anchas, cosa que a ella no le gusta, pero, a su pesar, yo pienso que aportan a su cuerpo mucha, mucha sensualidad.

Pues bien, ya por la mañana, Ma no quiso aceptar el dinero que yo le daba. Yo insistía e insistía. De eso trataba el servicio que ofrecía. Pues no hubo manera, así que finalmente me cansé, cogí mi abrigo y mi paraguas, y me dispuse a salir.

Estando ya en la puerta, Ma apareció corriendo, vistiendo solamente un camisón, su camisón, y, no contenta con rechazar mi dinero, me ofreció un amuleto. Un pequeño zafiro en el que se había tallado un ángel con las alas extendidas. Una preciosidad. Como ella. Le pregunté, medio en broma, a ver si el ángel era ella. Y ella me respondió mientras sonreía: “¿Acaso los ángeles tienen sexo?”. Lo extraño es que, a pesar de su sonrisa, noté cierta preocupación en su voz. Pero ese pensamiento se desvaneció, machacado por otro, más divertido: el que me dejaba claro que ella, ángel como tal, no podía ser, ya que Ma sexo tiene, y mucho. Esta vez sonreí yo, besé sus labios, y definitivamente, salí. Ella tuvo tiempo de decirme un “cuídate”. Otra vez noté preocupación.

Como dije, me dio por ir a pasear. Pero no quería pasear por el pueblo, no. Iría a la ciudad. Y para llegar a la ciudad, debía coger el tren.

Aceleré el paso hasta el punto de ponerme a correr, ya que me había dado cuenta de que si no me apresuraba, perdería el tren. Iba muy justo de tiempo, y no quería quedarme esperando al siguiente.

Cogí el billete a todo correr y atravesé la estación en un abrir y cerrar de ojos para plantarme en el andén donde mi tren estaba, dando ya la señal de salida. De un salto llegué a la puerta del vagón más cercano, y entré.

Perfecto: no había nadie en el vagón, con lo cual me sentiría mucho más cómodo. La verdad es que me suele dar igual que haya gente o no, pero en aquel momento la sensación fue estupenda. No sé, como de tranquilidad.

El tren hace la primera parada. Si no recuerdo mal, el trayecto completo de este tren comprende diez paradas. El tramo más largo entre dos paradas es el que está entre la quinta y la sexta parada, siendo ésta última la mía. Hasta ella, hay aproximadamente cuarenta minutos, durando el trayecto entero cerca de una hora.

Pues bien, como decía, el tren llegó a su primera parada. Qué curioso, nadie monta en mi vagón. Mejor, así mi comodidad se prolongará un poquito más. La explicación de que nadie monte es clara: en esa estación suele montar poca gente. Poca gente usa el tren en esa zona, ya que está mejor comunicada con otros medios de transporte. Siendo así, no entiendo porqué la compañía de ferrocarriles no suprime esa estación, reduciendo así el tiempo de viaje. Además, en cierta ocasión escuché que esa estación suponía pérdidas para la compañía. No me extraña, ¡si casi nadie la usa!

En fin. Pensando en esas cosas, llegó la segunda estación. Aquí seguro que monta alguien… ¡Nada, tampoco! Pero aquí sí que había bastante gente… Me hace gracia, porque la gente que, aparentemente, iba a montar en este vagón ya que la puerta caía cerca, se iba rápidamente a otros vagones.

Parece que la gente sepa que lo que quiero hoy es estar solo…

El tren reanuda la marcha.

Vaya… Me acabo de dar cuenta de que la gente me miraba de forma extraña, hasta el punto de que algunas personas, al posar sus ojos en mí, palidecían. ¡Era después de haberme visto cuando decidían irse a otro vagón! Algunos miraban también el resto de asientos. No sé si buscaban algo o alguien, pero la palidez no se les iba. ¿Tan mala cara tenía yo? Bromeé conmigo mismo: “Siempre has sido muy feo”, entonces me reía y dejaba de pensar en ese asunto.

El vagón no tenía nada fuera de lo normal. Dos bloques de asientos, uno que recorría la parte izquierda, y el otro, la derecha. Cada bloque estaba compuesto por pequeños compartimentos en los que cabían, como máximo, seis personas, una por asiento. El pasillo era bien estrecho, pero se podía caminar normalmente por él. No tenía ningún tipo de decoración, solamente un color, un cierto tono caoba (como el cabello de Ma), más oscuro en el suelo que en el techo y los laterales. Por último, los ventanales eran típicos en un tren: amplios, y que sólo podían abrirse ligeramente, por la parte de arriba.

Examinando el vagón, el tren llega a la tercera parada. No sé si en esa estación había mucha gente o poca, ya que toda mi atención recayó en la única persona que subió a mi vagón. Un hombre vestido de negro, que al verle casi me da la risa (pude contenerme), porque su ropa era algo estrafalaria, al igual que su aspecto. Llevaba chistera, elemento totalmente pasado de moda, y un gabán largo que le llegaba hasta los tobillos, también pasado de moda. Tenía un bastón extraño, parecían varias serpientes entrelazadas, y el mango era una cabeza de dragón plateada. La verdad es que quien hizo aquel bastón, realizó un trabajo excelente.

El extraño hombre vino a sentarse a mi lado, pero en el bloque de asientos de la izquierda, ya que yo estaba en el de la derecha. EL vagón vacío, y se sienta a mi altura. Qué casualidad. Aunque eso no era lo peor. Lo peor era que no paraba de mirarme. Y aún había más: el hombre sonreía. Yo me sentía muy incómodo, notando su mirada en mí, y me hubiera cambiado de sitio, pero qué demonios, ya había hecho la mitad del camino, ya faltaba poco para apearme.

Su cara era terrible: sus ojos, saltones y negros, muy negros. Esa mirada estaba apoyada por unas gafas de lente redonda, negras también; tenía un bigote largo y oscuro, pero muy bien cuidado (estoy convencido de que el bigote era la única parte de su cuerpo que cuidaba); y lo peor era su boca. Era una boca grande, que, como ya he dicho, me sonreía, y me dejaba entrever sus horribles dientes amarillentos, los cuales tenían un buen hueco entre las dos paletas superiores. Era asqueroso.

Dejé de mirarle y decidí mirar por la ventana. Reconocí el paisaje: estábamos llegando a una nueva parada. Pero el tren no reducía la velocidad. Llegamos a la estación, y el tren no paró. ¿Qué pasaba? Había gente esperando al tren. Aunque, ahora que lo pienso, aquella gente estaba como paralizada…

De repente el tren comenzó a aumentar su velocidad.

La quinta parada también fue pasada de largo, y en lo que la velocidad me permitió fijarme en las personas de la parada, tuve la misma impresión: paralizados.

Empecé a asustarme. Mi extraño acompañante seguía sonriendo, pero esta vez emitía un pequeño sonido, una especie de risa contenida. El tren seguía acelerando, y yo decidí cambiar de vagón, o ir a hablar con el maquinista, a ver qué diablos estaba ocurriendo. Cuando fui a abrir las puertas para poder cambiar de vagón, no lo logré. Estaban muy bien amarradas. Lo intenté y lo intenté, con todas mis fuerzas, y nada. Además, al otro lado no se veía nada, ¡no se veían los demás vagones!

La velocidad del tren ya era desmesurada.

Miré al hombre de mi vagón y, ahora sí, reía a carcajada limpia, con una risa ensordecedora. Yo, instintivamente, rebusqué en mi bolsillo el zafiro que Ma me había regalado, lo sujeté con todas mis fuerzas y me lo llevé al corazón. En ese momento el diabólico ser se levantó. Parecía como si a él no le afectara la gran velocidad del tren, mientras que yo tenía serias dificultades para mantenerme en pie. Aún riéndose (¡era una risa completamente del más allá!), y con mucha calma, levantó su mano izquierda, extendió su dedo índice, y señaló el amuleto y por tanto, mi corazón. Sentí que el zafiro me quemaba y me quemaba, hasta que no pude más y tuve que abrir mi mano, para dejarlo caer. Al chocar contra el suelo, se hizo pedazos. Millones de minúsculos pedacitos se esparcieron por todo el vagón. Yo grité, en parte por el dolor de la quemadura, en parte porque me dolió que el objeto que Ma me dio había sido destruido, y en parte también porque era consciente de que mi muerte se acercaba, al igual que se acercaba el hombre, aquel extraño diablo, hacia mí. Yo, definitivamente, había perdido el equilibrio y estaba ante él, de rodillas.¿Es que nunca se le iban a acabar las ganas de reír? ¡Calla! Le grité con todas mis fuerzas, pero ni siquiera yo me oía. Mi llanto no lo oía tampoco, y no sería oído nunca por nadie más, porque en ese preciso instante aquel hombre de negro, ojos saltones y boca grande, me tocó en el hombro, con su mano izquierda, la misma que había usado para destrozar el ángel de zafiro, y el tren descarriló, cayendo por un precipicio a toda velocidad, acabando así con mi vida. Comenzando con mi Muerte.

FIN

2 comentarios:

  1. ...me gustan mucho tus relatos, Jon. En este has creado una atmosfera increíblemente inquietante. Daría para un estupendo cortometraje. Lo imagino en blanco y negro.., no me preguntes por que...

    Chapeau! ;-)

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  2. Muchas gracias Ouiser, es un honor que te gusten los relatos, ¡sin duda! Estoy encantado con tu juicio.

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