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29 de enero de 2009

El año en que murió Elvis

Conste que con este texto no quiero ofender a ningún fan, ya sea incondicional o pasajero, de Elvis Presley: “El Rey” para unos, y “El Tirano” para otros.

Corre el año 1977. En él sucedieron dos fenómenos atípicos, extraños, que a lo largo de los años no podrán evitar el encontrarse.

El primer fenómeno en cuestión, es que en el hospital Santa Cruz de los Desamparados de no se sabe qué ciudad, a las cuatro y cuarto de la madrugada, nací yo; el segundo fenómeno (que no sé ni cuándo ni cómo ocurrió), es que “El Rey”, “El Amo”, “El Tirano”, “El Rockanrolero más rockanrolero de todos los Tiempos”, es decir, Elvis Presley, dejó el mundo de los Vivos para descansar en una supuesta paz.

Pues bien, aunque nada tenga que ver la velocidad con el tocino (aunque todavía existe gente que se empeña en relacionarlos), la muerte de Elvis, o Elvis mismo, y mi nacimiento, se relacionan, y si no se lo creen, atiendan a la siguiente historia…

Cuando yo no era más que un bebé de dos años, y aún no tenía noción de lo que era la vida, ocurrió algo que me dejó marcado para toda la vida. Es verdad. Aunque no se lo crean, según las circunstancias, y lo fuertes que éstas sean, pueden llegarte al alma, como por ejemplo la muerte de alguien, la despedida de un ser querido, la pérdida de tu juguete preferido… Puedes recordarlo siempre. En mi caso, la circunstancia fue el divorcio de mis padres. Lo recuerdo como si hubiera pasado esta misma mañana. ¡Y tenía dos años! Parece increíble, pero es cierto...

Mi madre adoraba a Elvis. Yo adoraba a mi madre. A mi padre también le quería mucho, pero no le adoraba. Siempre hay algo especial entre una madre y su hijo. Eso todo el mundo lo sabe. Aunque mi padre se lo aguantaba y nunca decía nada, estaba claro que él odiaba a Elvis. En casa, había fotos de “El Rey” por todas partes, ¡incluso un maniquí! Parecía un museo de Elvis Presley. Y mi padre, como era lógico, tenía celos, y aquella mañana, por las buenas, entró en casa, como hacía todas las mañanas (tenía un trabajo nocturno) y le pidió el divorcio a mi madre. Y se quedó tan ancho. Fue increíble. Lo que ocurrió a continuación se me grabó perfectamente en la mente: los cuadros de Elvis por el suelo, el maniquí con los brazos amputados, todos los discos, o bien estaban rotos, o bien mi padre, que es excesivamente bestia cuando se cabrea, se los comía, o bien los tiraba por la ventana.

Tiene gracia lo que ocurrió después de haber tirado unos cuantos discos por la ventana: uno de los discos golpeó en la cabeza a uno de los transeúntes que iba por la calle, éste fue a comisaría, que la teníamos cerca de casa, y denunció a mi padre. Todavía me río cada vez que lo recuerdo. Le estuvo bien empleado. ¡Buena multa tuvo que pagar el condenado!

A partir de aquel momento empecé a odiar a dos personas más que a nada en el mundo: a mi padre y a Elvis, que ya estaba muerto, pero me daba igual, porque yo lo que quería era hundirlo más de lo que estaba, ya que había sido el motivo de todo el embrollo.

La custodia sobre mí se la dieron a mi madre. ¡Cómo me alegro de aquello! Fueron cinco años maravillosos los que pasé con ella. Al quinto año ella murió. Tuberculosis. Nunca entenderé su muerte. Había vacuna, había medios suficientes para su cura, pero ella se empeñó en no querer curarse. Decía que estaba demasiado ocupada conmigo como para ir a curarse su maldita enfermedad. ¡Yo ya tenía siete años! Ya podía defenderme solo en casa. No lo entendí, no lo entiendo, y no lo entenderé jamás.

Como era normal, durante los cinco años que estuve con mi madre, también tuve que aguantarme en lo que al tema de Elvis se refería, ya que a ella le seguía gustando, y a mí no. Ella sabía que yo le odiaba, y conocía el porqué. Así que, o se iba a la casa de una vecina amiga (también divorciada) a escucharle, o escuchaba los discos mientras yo estaba en el colegio. Yo sabía esto porque hubo más de una vez que no me daba la gana ir a clase, de manera que volvía antes de tiempo a casa, y entonces lo descubría todo. Aquello me ponía hecho una furia, pero me lo reprimía enseguida, ya que o quería irritar a mi madre, cada vez más enferma. ¡Maldita enfermedad!

Tras la muerte de mi madre, la vecina divorciada localizó a mi padre y le contó un montón de tonterías acerca mío: “Pobre chaval, tiene usted que quererlo, es su hijo, y está solo en el mundo”. Y mi padre, el muy cerdo, le respondía: “Eso es mentira, puede adoptarle usted”.

Él no me quería, y eso a mí no me importaba. Yo tampoco le quería a él. Pero, para desgracia de ambos, terminó por aceptarme en su pocilga de casa, porque eso es lo que era: una pocilga.

Durante mi estancia en aquel sitio solamente saqué una cosa en mi beneficio: no escuchar ni una sola canción de Elvis. Estuve casi nueve años en aquella casa. Es increíble lo lento que pasa el tiempo cuando lo único que haces es recibir palizas y demás malos tratos, y practicar el arte de la fuga, que, como ustedes comprenderán, era por aquel entonces necesario para mí. No me sacó a la calle a pedir dinero ala gente y robarles el reloj mientras sacan la cartera (como hacen en las películas) de milagro.

Yo odio el cine. Lo odio porque a mi padre le encantaba. Iba todos los días menos el domingo al cine. ¿Es que no sabía hablar de otra cosa más que de cine? Podía hablar de fútbol, el Deporte Rey. Pues no. Cine, cine, cine, cine…

Me escapé definitivamente de casa diciéndole a mi padre que me iba de juerga con unos amigos. Aproveché la ocasión y me fui a Madrid con algo de dinero que había ahorrado. La fuga no fue planeada. Se me ocurrió de repente, ya que lo de la juerga era cierto. No más cine, no más palizas, no más fugas. Quería paz, quería tranquilidad. Y me fui a una de las ciudades más contaminadas de España a buscar tranquilidad. Estaba loco.

Aquello fue con quince años.

Cuando cumplía los diecisiete me desperté melancólico. Me acordé de mis padres. De mi madre. Me levanté temprano, y fui al cementerio más próximo. Aunque me encontraba muy triste, el nombre del cementerio me hizo soltar una carcajada: “La gran lápida para los que están cansados”. Yo soy así, cambio de ánimo fácilmente. Enseguida volví al estado de ánimo inicial. Cogí una flor mustia a la entrada del cementerio, y me puse a buscar una lápida donde hubiera alguien llamada María Isabel (así se llamaba mi madre). Al final la encontré. Coloqué la flor, me senté, y rompí a llorar.

Salí del cementerio, y de vuelta en Madrid, mientras caminaba por la Puerta del Sol, se me ocurrió una idea estupenda que deseaba poner en práctica cuanto antes: Quería encontrar gente para formar un club, el Club Contra Elvis, el CCE. Estaba orgulloso de mí mismo, pero ¿dónde encontraba yo gente para formar dicho club? Estaba loco, no paraba de repetírmelo.

Cuando por fin encontré el medio para conseguir gente, tuve algo de miedo, porque se trataba de llamar a un periódico y poner un anuncio por palabras. Iba a pasar una vergüenza terrible, pero ¿qué demonios? Recordé mis lemas favoritos: ahora o nunca; quien algo quiere, algo le cuesta; quien quiera peces, que se moje el trasero (este último era el más apropiado). Así que me armé de valor, y llamé al rotativo. En fin, no ocurrió nada. El anuncio era el siguiente:

¿Qué me dices? ¿Que no te gusta Elvis Presley?
No lo dudes, únete a nosotros, y a nuestro

CLUB CONTRA ELVIS
(CCE)

¡Anímate! Somos muchos, y necesitamos uno más:
¡TÚ!


Y en la parte inferior, mi teléfono. En el momento de poner el anuncio me vino a la cabeza la idea del fracaso, que era lo que me temía, y también lo más probable. Pero a las dos semanas, sonó mi teléfono, lo descolgué y… ¡Bingo! El segundo socio del CCE (el primero era yo). Era una chica bastante tímida, Sorkunde, desde Bilbao. No me lo podía creer. ¿Acaso el periódico se había repartido por toda España? ¿En dos semanas? El primer sorprendido, evidentemente, era yo. Empezaron a lloverme llamadas desde Galicia, Murcia, Zamora, Valencia, Málaga, Villacortijo de Socalabros…

A las tres semanas éramos unos cuatro mil socios. Y se habían formado, en cada comunidad autónoma, más de diez Clubs Contra Elvis. Eso sí que era increíble. Yo estaba muy contento. En cierto sentido, porque mi padre odia a Elvis, y, como se sabe, yo le odio a él. Me dio la impresión de que le hacía un favor. No me extrañaría que él fuese uno de esos cuatro mil socios. Investigué con mis corresponsales (¡incluso tenía corresponsales!) en cada comunidad, y, en efecto, estaba en Jaén. Se había ido a vivir a Jaén. Espero que su casa allí sea mejor que la pocilga de antes.

Empecé por organizar mítines para aumentar el número de socios. Parecía mentira lo que podía haber llegado a formar con un solo anuncio en el periódico. Con un simple anuncio. Empecé una gira por todo el país (igual que los políticos y cantantes). Me pasé por ciudades como Oviedo, Santiago, Donostia, Soleras en Venta… Y, por último, Madrid. La ciudad poluta.

Ya en la Puerta del Sol, que era el lugar escogido para el mítin, por ser donde surgió la idea de formar el club, había, y no crean que exagero, unas veinticinco mil personas, todas ellas apretujándose, asfixiándose, agitándose, enloqueciendo, y todo ello por escuchar lo que yo decía. Pero en la Puerta del Sol no llegó a celebrarse mitin alguno, ya que, al igual que tengo muchos seguidores, también tengo muchos acreedores: los fans de Elvis, los cuales convencieron a la Benemérita para que, irrumpiendo con todo y con todos, me agarraran entre cinco o seis, y me llevaran como pudieran (no crean ustedes que no les costó) a comisaría. De allí, unos días más tarde, me llevaron al Juzgado. ¿Por qué me iban a juzgar a mí? ¿Por qué no hacen lo mismo entonces con los políticos, que hacen exactamente lo mismo que yo? Algo extraño había ocurrido por allá dentro. Alguien había movido los hilos incorrectos.

El señor juez me echó seis años de cárcel por no sé qué historias. Y como mi abogado era de oficio, seis años entre rejas. La verdad es que yo siempre me he portado bien, quiero decir que soy buena persona, pero, estando dentro de la cárcel, aún tenía que ser mejor, porque si no, “estás acabado”. Eso era lo que me decían en el trullo. Como para no ser bueno.

Por buen comportamiento, y porque se debieron de hartar de mí con los chistes malos que contaba en contra de Elvis, a los cuatro años estaba fuera. Pensé que ya era suficiente, que ya había humillado bastante el espíritu del cantante, y decidí retirarme. En efecto, retirarme, dimitir. Acabar con mi propio CCE. Y eso es lo que hice: acabé con mi CCE personal.

Esta historia la empecé a escribir en chirona cuando me faltaban unos días para salir. Ahora tengo veinticuatro años y la finalizo encima de una cama confortabilísima, esperando a Sorkunde, de Bilbao. ¿Se acuerdan de ella? La segunda socia del primer Club Contra Elvis. A ella le gustan los Beach Boys. Nadie es perfecto.

FIN

2 comentarios:

  1. Jon, avisa al principio que es una historia inventada, porque me lo estaba creyendo jejej

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