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19 de diciembre de 2008

El muchacho de la triste mirada

Post dedicado a quien confié mis historias para nada. Ni fueron leídas.

El muchacho de la triste mirada

Una vez más, fracasé. No sé porqué me dedico a este trabajo, si siempre acabo fracasando. Estrepitosamente. Incluso cuando parece que las cosas me van a la perfección, acabo cagándola. Mala estrella, supongo. Y eso que aquella noche, noche de luna llena, cielo totalmente despejado, había muchas estrellas para elegir. Pues bien, elegí la mala. Y, muy a mi pesar, ya que en el fondo me gusta tener mala suerte, eso se iba a acabar pronto. Por fin lograría algo positivo. ¿Mi oficio? Detective privado.

Al volver a mi despacho a dar parte, o a rellenar informes, o a lo que fuera, con tal de alejarme siquiera un rato de la depresión que me azotaba desde hacía ya tiempo, me encontré con un nuevo caso encima de mi mesa. ¿Acaso aún queda algún estúpido, o estúpida, que no sepa que yo soy el peor investigador privado de la ciudad? Eso parecía.

Yo no tenía secretaria, así que me surgieron algunas preguntas: ¿quién había entrado en mi despacho? ¿Por qué? ¿Hombre o mujer? Sin duda, mujer, ya que había un buen olor a buen perfume por todo el despacho. Y lo más extraño: ¿cómo entró? Pronto estas preguntas y algunas otras que también me hice se disiparon gracias a mi depresión. Si algo tengo que agradecer a esa enfermedad es que me permite cambiar de pensamientos rápidamente, es decir, si ahora tenía mi mente ocupada en formularme preguntas (no en buscar respuestas: probablemente esta sea una de las razones de todos mis fracasos), la depre aparecía, me hundía en el dolor y la miseria, y cuando volvía en mí (nunca me duraban más de quince minutos estos ataques), empezaba a pensar en otra cosa. Ahora, esa otra cosa era el nuevo caso, que venía, a modo de carta en un sobre multicolor, rodeado por un lazo verde (hay que joderse, lo hortera que puede ser la gente).

La carta venía a decir que debía encontrar a una persona (qué novedad) que hacía mucho tiempo, quizá demasiado, que no sonreía, a la cual se le podía identificar perfectamente mirándole a los ojos, que delataban su tristeza, su grande tristesse, como dirían los franceses. No debía preocuparme por los gastos. Semanalmente aparecería bajo el umbral de la puerta de mi despacho una cantidad importante de dinero. A pesar de mi depresión, y de todos mis fracasos, esto del dinero me animó y enseguida me puse a trabajar en el caso que llamé "El muchacho de la triste mirada".

Lo primero que se me ocurrió hacer fue buscar a la mujer que me encargó el caso. Para ello, empecé por interrogar a Miguelito “el sonámbulo”, un confidente apodado así porque nunca paraba quieto, incluso durmiendo buscaba y rebuscaba cosas de aquí para allá. Miguelito era escurridizo, bajito, feo y jorobado (a pesar de esto, el muy cabrón tenía un éxito increíble con las mujeres). Yo sabía dónde encontrarle, y le encontré. “El sonámbulo” conocía mis fracasos, y no paraba de reírse de mí cada vez que me veía. Aquella vez yo no iba a aguantarle sus tonterías. Cuando hizo el primer amago de mofa, agarré un candelabro de plomo, muy pesado, que había en la basura (nuestro punto de reunión era junto a unos contenedores de basura, al inicio de un callejón mugriento) y le golpeé en la cabeza con tal fuerza que el candelabro se rompió en dos. Quizá le he dado muy fuerte, pensé. Pero Miguelito se incorporó rápidamente, y entre insulto e insulto, le expliqué mi situación. Al igual que sucedió conmigo, en cuanto le mencioné todo el dinero que había de por medio, aceptó ayudarme a encontrar a esa mujer.

Miguelito poseía un olfato extraordinario, así que le llevé a mi despacho para que oliera aquel perfume que tanto se resistía a irse. Olisqueó todo durante veinte minutos, paró, se giró hacia mí, me olisqueó de arriba a abajo (lo cual me molestaba muchísimo) y, tras cinco minutos más, habló: Sé quién es la chica. Tal como él conocía mi fracasada carrera, yo conocía sus logros, de modo que confié en él. Llévame ante ella, le pedí, y el muy bastardo me pidió más dinero. Acepté a duras penas, ya que tenía muchas ganas de conocer a aquella mujer.

Miguelito “el sonámbulo” me condujo donde ella vivía. No me lo podía creer: era el piso de una novia que tuve hace algunos años. Sandra. Aquella chica fue una de las mejores cosas que me han pasado nunca. Era increíble. Lo pasábamos bien, joder. Era una chica de la que me enamoré. Era una chica de la que, a pesar del tiempo, seguía enamorado.

Una chica sin igual: Hermosa como ninguna; pagué a Miguelito una cantidad importante, le eché, entré en el piso (no había nadie y forcé la puerta), y al ver tantos recuerdos, me arrodillé, y, una vez más, lloré. Lloré como nunca lo hice. ¿Por qué rompí mi relación con Sandra? ¿Por qué no he llegado a ser lo que quería llegar a ser? ¿Qué pintaba ella en todo esto? ¿Qué pintaba yo? Lloraba y lloraba, recordando lo felices que fuimos, imaginando lo felices que hubiéramos sido.

Sin ti, las emociones de hoy sólo serían la piel marchita de las de ayer

Era ésa una cita que había oído o leído hacía poco en algún sitio. Le encontré todo el sentido en aquellos momentos, y rompí a llorar aún más.

El dolor de hoy es parte de la felicidad de entonces


Y a la inversa:

La felicidad de hoy es parte del dolor de entonces

También recordé esas citas (de la película “Tierras de penumbra”, con Anthony Hopkins y Debra Winger) y, cómo no, seguí llorando. Fue en aquel momento cuando ante mi riada de recuerdos, escuché abrirse la puerta del piso. Me levanté, sequé mis ojos, y me puse frente a Sandra, que llegaba.

Seguía tan bella como siempre. Solamente un ligero cambio, en su aspecto: su pelo ahora era algo rizado, y yo siempre la vi con el pelo liso. Fue lo primero que se me ocurrió decirle: El pelo rizado te hace aún más guapa. Gracias, me dijo. Y sonrió. Una sonrisa que me derritió. Ante la gran belleza de Sandra había olvidado el porqué de mi estancia allí, pero enseguida me recuperé y lo recordé. Yo estaba allí por algo. ¿Por qué?, le pregunté. Porque eres una de las mejores personas que conozco, y no soporto verte humillado, ni ante ti mismo ni ante nadie. Confío en ti, y sé que este caso lo solucionarás con éxito.

También le pregunté cuándo fue la última vez que vio al "muchacho de la triste mirada", y me dijo que hacía algunos años. Me dijo que era muy parecido a mí, y luego me fue dando una serie de datos más, algo abstractos. Me habló de él de tal manera que mi interés por el caso fue disminuyendo hasta el punto de decirle que abandonaba. Ya no quería buscar ni encontrar a nadie. Además, el hecho de que fuera Sandra, mi Sandra, la que fue mi Sandra, era una razón potente para desistir. Y así se lo dije. Te has acostumbrado al fracaso, me dijo Sandra entre sollozos.

Bastante tenía yo con mis lloriqueos continuos y repentinos, como para que alguien como Sandra venga también llorando. Me despedí muy enfadado (no sabía porqué, pero empecé a decir barbaridades y a insultarla), cerrando la puerta muy bruscamente.

No sé cuánto tiempo estuve vagando por la ciudad. Me emborraché. Intentaba olvidar. Además, me imaginaba a Sandra durante estos años en brazos de otros hombres y eso me hundía aún más. ¿Por qué no era yo uno de esos imbéciles? Todo era por mi culpa. Iba tan borracho que acabé tirado junto a un contenedor de basuras, sin poder levantarme. Sin alcohol. Sin amor. Sin nada. Solo.

Me despertó el terrible ruido que hacía la máquina limpiadora. Malamente conseguí incorporarme, recogí la última botella, la que fue mi “compañera de cama” esa noche, y justo antes de tirarla me di cuenta de que jamás sería capaz de volver a sonreir, de que jamás volvería a ser el mismo. Fracaso tras fracaso, depresiones, Sandra,… De repente, una inquietud enrome invadió mi cuerpo: debía ir a mi despacho cuanto antes. Para ello, debía atravesar media ciudad y encontrar las malditas llaves del despacho (nunca sé dónde las guardo, y con la resaca de aquel día, me costaría aún más).

Empecé a correr y no paré hasta por fin llegar al despacho. ¡Increíble! Por una vez la llave estaba en mi bolsillo derecho. Los nervios me impedían abrir la puerta pero finalmente lo logré. Me dirigí al cuarto de baño, limpié con la manga de mi chaqueta el espejo, y allí estaba, no podía ser otro. ¡Era yo! ¡El muchacho de la triste mirada era yo!

¿Cómo no me había dado cuenta antes? Le daba demasiadas vueltas a la cabeza, ese era el motivo.

Efectivamente, por fin logré un éxito en mi carrera. El único. Y el último. No diré en qué trabajo ahora, pero ya no soy detective.

Sigo solo, pero ahora estoy convencido de que eso se acabará. Algún día.

FIN

6 comentarios:

  1. Jejej ya me sabía el final (yo sí leí las historias). Faltó poner debajo tu firma de autor, por si te hacen copy-paste.

    Me dió lástima el Pobre Miguelito, el porrazo que le metió el detective con el candelabro xD.

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  2. He sufrido un dejà vu leyendo ésta historia ;-) . Como me recuerda al más puro cine negro de los 40 no he podido evitar imaginarme los personajes y situaciones en metraje blanco y negro. Ese protagonista en ésa espiral de depresión, desesperación, alcohol, y en general, odio hacia todo y hacia si mismo. Está claro vivía para su propia autodestrucción hasta que finalmente abrió los ojos y reacciono a tiempo.

    Nuestro detective descubrió (investigando su propio caso) que para continuar “viviendo”, en todo el sentido de ésta crucial palabra, es necesario hacernos conscientes a nosotros mismos de que nuestra mirada transmite nuestro estado de ánimo y si no cambiamos de actitud ante la vida, el reflejo que nos devolverá el espejo tampoco cambiará.

    Quiero pensar que aprendió a quererse y tener tanto éxito (también con las mujeres) cómo Miguelito, personaje que viene a mostrarnos que lo realmente importante no es el exterior, si no lo que éste transmite, y ello viene dado por nuestro estado interior (por cierto que el tal Miguelito debe ser algún replicante tipo “terminator” jeje, porque resistir semejante cacharrazo y salir cómo si nada... Supongo viene a decirnos que la actitud también nos hace más fuertes físicamente, por lo menos es la interpretación que yo le doy.

    Nunca el tiempo es perdido, que diría mi querido Manolo…, si aprendemos de él y le damos la vuelta a la tortilla…

    Por cierto, ¿quién dijo que segundas partes nunca fueron buenas?, yo ya me imagino a nuestro detective en technicolor y hasta en dolby surround, jeje

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  3. "Tierras de penumbra", pedazo de peli ;-)

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  4. "Tierras de penumbra" fue la primera película que me hizo llorar en el cine, recuerdo la sesión y el cine donde la vi.

    La otra cita (esa que el protagonista no sabe de dónde es) también es de una película. ¿Quieres saber de cuál? Silba, y te lo digo ;-p

    Me ha encantado tu "comentario de texto", Ouiser. Genial como siempre.

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  5. ¿Te refieres a ésa otra peli (con su peculiar y soñadora protagonista femenina) tan chula y llena de metáforas vitales en la que también hay otras geniales citas: "La vida no es mas que un interminable ensayo de una obra que jamás se estrenará"?

    Vale, a ti no te puedo mentir..., he de reconocer que he hecho trampa, pero me podía la curiosidad. Además yo no tengo tu memoria cinéfila, querido "Felix Linares" de los blogeros ;-) jeje

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  6. Jejeje ¡has dado en el clavo, Ouiser! Eso sí, ejem... te has pasado con lo de "Felix Linares de los blogeros" jajajaja. Lo que pasa es que es una peli que me gusta mucho mucho...

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