
Hace unas semanas asistí a una proyección en cine de la película
El pico, de Eloy de la Iglesia. La sesión estaba organizada como
inicio de un ciclo organizado por jóvenes estudiantes de la EHU (no
vinculados al cine ni estudiando nada relacionado con ello, sino
simplemente como opción extrauniversitaria con la que pueden obtener
algunos créditos más para ir completando su carrera) en el que se
quiere reflejar la temática de los márgenes, de la marginalidad. Es
El pico, por tanto, una elección ideal para abrir un ciclo así,
dado que muchas de las películas de Eloy de la Iglesia (¿o todas?)
contenían personajes que vivían y se movían en esos ámbitos y,
prácticamente siempre, al límite. En la sala, que lamentablemente
no estaba llena, había por un lado bastantes jóvenes (los
universitarios) y, por otro, gente bastante más mayor que ellos.
Algo así como mitad y mitad por ambas partes en lo que a aforo se
refiere. Esto me hizo preguntarme qué pensarían estos jóvenes de
una película de esas características (también me lo preguntaba
sobre los mayores, pero era más probable que éstos ya conocieran
las películas del director zarauztarra y sabían a lo que iban), que
refleja una sociedad (la vasca, la española, cualquiera) y que
contiene no pocos momentos turbios, duros, y sobre todo, incómodos.
Toda esta larga
introducción viene a cuento de haber visto la película documental
Eloy de la Iglesia, adicto al cine, dirigida por Gaizka Urresti. Esta
película, que se estrenó mundialmente en la pasada edición número
73 del Zinemaldia de San Sebastián, ha tardado más de quince años
en hacerse. Originalmente era un proyecto pensado para ser dirigido
por Diego Galán, quien fuera director del Festival de Cine durante
trece años y un día, pero las dificultades para sacarlo adelante al
no encontrar financiación de ningún tipo, lo hicieron muy
complicado. Nadie quería colaborar, nadie quería arrimar el hombro.
Eloy de la Iglesia era alguien que a muchos no les apetecía
recordar. Recordemos: Fue una persona incómoda.