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15 de septiembre de 2019

"The man who killed Hitler and then the Bigfoot" (Robert D. Krzykowski)


Una película que se titula El hombre que mató a Hitler y después al Bigfoot hay que verla sí o sí. Con semejante título uno puede esperarse algo muy bizarro, muy divertido y loco... Además, si una de las personas implicadas en el equipo artístico es Douglas Trumbull (responsable de los efectos especiales de películas tan míticas como 2001: Una odisea del espacio o Blade Runner, entre muchas otras), el aliciente para querer verla es mucho mayor.

El problema está en que lo que uno espera de la película no se parece absolutamente en nada (repito: en nada) a lo que luego se ve en pantalla. Efectivamente, se cuenta la historia del hombre que mató a Hitler y luego mata al Bigfoot. En ese sentido no hay engaño alguno... el caso es cómo cuenta todo y qué recursos utiliza. Recursos dramáticos, básicamente. Pero dramáticos en el sentido más estricto de la palabra, porque al final, la película es un drama. Y uno de los flojos... De los muy flojos.


La película cuenta la historia de Calvin Barr (Sam Elliott), quien arrastra un trauma desde hace muchos años: mató a un hombre, que resultó ser Hitler. Pero a él, quién fuera esa persona le da igual. Él no está hecho para eso y ya desde el principio nos lo muestran perfectamente: lleva una vida tranquilísima con su perro, se toma sus cervezas y sus medicinas, y ya está. Se limita a vivir. Los problemas vienen cuando unos agentes de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá acuden a él para que acabe con algo muy extraño que está asesinando gente en Canadá: el Bigfoot.

Con estructura de flashbacks nos van contando cómo era Barr en su juventud (interpretado por Aidan Turner, de sorprendente parecido con Elliott), antes de ir a la guerra y ejecutar la misión que tuvo que ejecutar. Su vida normal, su enamoramiento con una bella mujer, su trabajo, y poco más. Porque no hay nada más. Unos diálogos sin ningún tipo de chicha (ya sean en el presente o en el pasado), que quieren ir de trascendentes y sin ningún atisbo de humor, sin ritmo en la narración, que lastran la película y aburren mucho al espectador.


Llegada la mitad de la película, es cuando se plantea la nueva misión al protagonista. Y claro, ya es tarde para que se pueda recuperar el poco interés que podía haber... Porque uno ya se ha cansado de tanto flashback y de tanta historia idéntica una y otra vez. Y no digamos ya si estamos esperando a que aparezca el Bigfoot. La espera se hace interminable y cuando aparece por fin, es tarde otra vez.

Alguna cosa buena tiene la película: La fotografía (realizada por Alex Vendler), que en unos cuantos momentos luce espectacular (aunque probablemente haya mucho croma), o la banda sonora (de Joe Kraemer), una buena composición cuya única pega es que no casa con la película ya que si uno atiende al tipo de música en determinadas escenas, parece que va a asistir a algo épico, cuando resulta todo lo contrario, desinchándose ya en la parte final, aunque esto no es culpa de la banda sonora en absoluto, sino del sopor general que produce el último tercio de la peli, que para más inri y cachondeo del personal utiliza una simplísima metáfora para que nos enteremos de qué pasa exactamente con el personaje principal al finalizar la película.

Otra cosa a destacar son los dos actores protagonistas, que aunque no ofrecen las interpretaciones de sus vidas sí se les nota entregados. Primero el gran Sam Elliott, quien da el pego perfectamente con ese personaje cansado de todo y de sí mismo. Después, Aidan Turner (a quien se le puede ver en la serie Poldark o en la trilogía de El hobbit) que intenta aportar algo más a su personaje que no sean sólo sonrisas de galán (si hubiera sido así, no habría entendido para nada al personaje) y a quien, por cierto, es una pena que no veamos en más producciones.


En cuanto al director, Robert D. Krzykowski, no se puede decir gran cosa ya que aparte de un cortometraje, esta es su primera película y en vista del resultado, yo diría que tiene bastante que mejorar. Es amigo de Lucky McKee, un director que prometía bastante más de lo que está ofreciendo tras sus películas May (2002) y The woman (2011) y que en esta ejerce de productor. Otro nombre conocido y que llama la atención que aparezca por ahí, en este caso como productor ejecutivo, es el director John Sayles. Por otro lado, el ya comentado al principio Douglas Trumbull, que también es productor ejecutivo y además hace labores de "consultor de efectos especiales". Por cierto, habiendo estado Trumbull en los efectos de 2001: Una odisea del espacio, la verdad es que se podía esperar bastante más de ese Bigfoot tan cutre y horroroso que sale, al que no sacan nada de provecho.

En fin, esta película, por si no ha quedado claro hasta ahora, ha sido una gran decepción a pesar de contar con un buen reparto, con Trumbull, con una buena fotografía y una buena banda sonora. Ah, respecto a lo de matar a Hitler, hay que advertir que no se va a ver otra reinterpretación de la Historia al estilo de Quentin Tarantino en Malditos bastardos... Nada más lejos de la realidad.


La película fue presentada en el Festival de Sitges de 2018 y fue allí donde tuve oportunidad de verla, y para hablar un poco de ella estuvieron en la sala el director y el propio Douglas Trumbull. A continuación, el vídeo que este último realizó antes de la película y alguna imagen junto al director de la película, Robert D. Krzykowski:




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